miércoles, 11 de marzo de 2009

Vitanulls, relato de John Brunner

Este relato me pareció muy interesante.

Los hombres sin alma o los Vitanulls

John Brunner


Publicada originalmente como LOS VITANULLS EN 1967



La comadrona de la maternidad se detuvo ante la cristalera aséptica, a prueba de ruidos, de la sala de partos.

-Y allí -dijo al joven americano de elevada estatura, perteneciente a la Organización Mundial de la Salud-, puede ver a nuestro santo patrón.

Barry Chance miró perplejo a la mujer hindú. Era una cuarentona de Kashmiri, vivaz y con aire de gran competencia. No se trataba, por lo tanto, de la persona más adecuada para tomar a broma el trabajo a que dedicaba su vida. Además, no había el más leve matiz de ironía en el tono de su voz. Claro que en aquel fecundo subcontinente, en la India, un extranjero nunca podía tener certeza de nada.

-Perdone -dijo él tímidamente-. No creo haber entendido...

Por el rabillo del ojo estudió al hombre que la comadrona le había indicado. Era anciano y calvo, y el escaso pelo que quedaba en su cabeza formaba una especie de aureola que enmarcaba su rostro profundamente arrugado.

La mayor parte de los indostanos, según había podido comprobar el norteamericano, solían engordar con la edad; pero aquél era muy enjunto, como Gandhi. Evidentemente, su aureola y aquella ascética apariencia podían justificar ya una fama de santidad.

-Nuestro santo patrón -repitió la comadrona, totalmente ajena al asombro de su interlocutor-. Es el doctor Ananda Kotiwala, y tiene usted una gran suerte al verle actuar. Hoy es el último día que lo hace, pues se retira de la profesión.

Mientras trataba de comprender las observaciones que le hacía la mujer, Chance observó casi con descaro al anciano. Se dijo que podía disculpársele su tosquedad, ya que la galería que lindaba con la sala de partos era una especie de lugar público. Allí había parientes y amigos de las parturientas, y hasta diminutos chiquillos que tenían que ponerse de puntillas para atisbar a través del ventanal de doble vidrio. En la India no existía la intimidad más que para los que tenían mucho dinero, y en un país superpoblado y subdesarrollado, sólo una mínima fracción de sus habitantes gozaban de un lujo similar al que el joven extranjero había disfrutado desde su niñez.

El que los pequeños pudieran contemplar fascinados la negada de sus nuevos hermanitos, se consideraba allí como una etapa de su educación. Chance repitió para sus adentros que era un extranjero, y además un médico que había estudiado en una de las pocas facultades que aún seguían haciendo prestar el juramento hipocrático a sus graduados. Trató de desechar aquellos pensamientos y procuró descifrar el curioso comentario que le hiciera la comadrona.

La escena que se ofrecía ante él no le proporcionaba demasiados indicios. Lo único que alcanzaba a ver era la sala de partos de un hospital indio corriente, en la que había treinta y seis parturientas, de las cuales dos, por lo menos, sufrían terribles dolores y no dejaban de chillar, a juzgar por su gesto y las bocas abiertas. El cristal a prueba de ruidos era excelente.

Se preguntó qué sentirían los indios respecto a la negada de sus hijos al mundo en semejantes condiciones. El espectáculo le recordaba una cadena de fabricación en serie, en la que las madres eran máquinas que producían una cantidad determinada de criaturas, de acuerdo con un plan preestablecido. ¡Y todo de una forma increíblemente pública!

De nuevo notó que caía en la trampa de pensar como un americano corriente, con estrechez de criterio.

Durante innumerables generaciones, la humanidad había nacido públicamente. Aunque se estimaba que la actual población del mundo era justamente equivalente al total de seres humanos que poblaron el mundo antes del siglo XXI, la mayoría de los habitantes del planeta conservaban su antigua tradición de considerar los nacimientos como un verdadero acontecimiento social: en las poblaciones, en general, como una excusa para celebrar una fiesta; y en aquella región de la India, como una especie de excursión familiar a la maternidad.

Los aspectos modernos del hecho podían apreciarse claramente, como, por ejemplo, la actitud de las madres: se veía enseguida cuál de ellas recibió instrucción prenatal, pues en ese caso tenían los ojos cerrados y el semblante con expresión serena y decidida. Sabían del milagro que se estaba produciendo en sus cuerpos, y procuraban facilitarlo, en lugar de resistirse. Eso estaba bien, y Chance movió la cabeza, aprobándolo. Pero quedaban las madres que chillaban, tanto de terror como de dolor, probablemente...

El joven médico desvió su atención con un esfuerzo. Después de todo, su misión era llevar a cabo un estudio de los métodos empleados en aquel establecimiento.

Daba la impresión de que se aplicaban debidamente las últimas recomendaciones de los expertos; era lo menos que podía esperarse en una gran ciudad donde la mayor parte del personal médico había tenido la ventaja de recibir sus enseñanzas en el extranjero. Dentro de poco, él tendría que ir a los pueblos, y allí las cosas serían muy diferentes; pero ya pensaría en eso cuando llegase el momento.

El anciano médico, al que habían motejado de «santo patrón», estaba terminando en ese momento con el parto de un niño. La mano enguantada levantó al último recluta del ejército de la humanidad, que brillaba bajo la luz de los focos. Una suave palmada tenía por misión provocar el lloriqueo y las primeras inspiraciones profundas, sin agravar el trauma del nacimiento. Luego, el recién nacido pasó a las manos de la ayudante, quien lo colocó en el banquillo situado junto al lecho, algo más bajo que el nivel de la madre, a fin de que los últimos y preciosos centímetros cúbicos de sangre materna fluyeran de la placenta, antes de proceder a seccionar el cordón umbilical.

Excelente. Todo iba de acuerdo con los procedimientos más modernos de la especialidad. Sin embargo..., ¿por qué tenía el médico que dar tantas explicaciones a la muchacha que sostenía a la criatura con aire un tanto desmañado? El desconcierto de Chance duró poco. Recordó en seguida que en aquel país no había enfermeras suficientes como para destinar una a cada madre; por consiguiente, aquellas jóvenes que con gesto temeroso aparecían enfundadas en un «mono» de plástico, con el lacio pelo moreno recogido en redecillas esterilizadas, debían ser hermanas menores o hijas de las parturientas, que estaban haciendo lo que podían por ayudarlas.

Luego, el anciano médico, con una sonrisa tranquilizadora final, dejó a la chica de gesto preocupado y acercóse a una de las mujeres que chillaban.

Chance observó complacido cómo la tranquilizaba, y que al cabo de unos instantes conseguía que se relajase por completo, al tiempo que le indicaba -hasta donde alcanzó a deducir, teniendo en cuenta la doble barrera de cristal ya aquel lenguaje ininteligible la mejor manera de acelerar el parto. De todos modos, allí no había encontrado nada que no hubiera visto anteriormente en un centenar de maternidades.

Por fin, Chance se volvió hacia la comadrona y le preguntó sin rodeos:

-¿Por qué le llaman «santo patrón»? -El doctor Kotiwala -repuso la mujer posee en grado sumo una personalidad..., ¿cómo diríamos?, ¿existe en su idioma la palabra «empática»?

-¿Del griego «empatía»? No, creo que no existe -contestó Chance, frunciendo el ceño--. De todos modos, comprendo lo que quiere usted decir.

-En efecto, ¿no ha visto de qué forma calmó a esa mujer que estaba gritando?

Chance asintió lentamente. Sin la menor duda, ese don debía considerarse como precioso, en un país como aquél. Tenía un gran mérito poder ahuyentar el miedo supersticioso de una mujer, que era poco menos que una campesina, haciéndole ver lo que consiguieron las mujeres que la rodeaban, tras nueve meses de preñez y una instrucción adecuada. Ahora sólo quedaba ya una mujer con la boca abierta, quejándose, y el viejo médico la calmó a su vez. Aquélla a la que había hablado anteriormente luchaba en aquel momento por facilitar las contracciones musculares.

-El doctor Kotiwala es maravilloso -prosiguió la comadrona-. Todo el mundo le quiere. He sabido de algunos padres que consultaban a los astrólogos, no para conocer la mejor o peor suerte que aguardaba a sus hijos, sino para asegurarse de que nacerían durante un turno del doctor Kotiwala en la sala de partos.

¿Un turno? Sí, claro, allí tenían tres turnos de partos cada veinticuatro horas. Una vez más, la imagen de la cadena de montaje apareció en la mente de Chance. Pero aquél era un hecho demasiado importante para poder conciliarlo con la idea de recurrir a 'os astrólogos. iQué país tan desconcertante! Chance reprimió un estremecimiento y admitió para sus adentros que se sintió contento cuando supo que le permitían regresar a su país.

Permaneció en silencio un buen rato, y advirtió algo que no había notado anteriormente. Cuando los dolores del parto remitían un poco, las mujeres abrían los ojos y seguían con la mirada al doctor Kotiwala en sus desplazamientos por la sala, como aguardando esperanzadas a que éste pasara uno o dos minutos junto a su lecho.

Pero esta vez sus esperanzas no se verían materializadas. AJ otro lado de la sala había un parto laborioso, y se necesitaría una cuidadosa manipulación para invertir la posición de la criatura. En su funda de plástico, una hermosa muchacha de tez oscura y de unos quince años se inclinaba para ver lo que hacía el médico, mientras tendía su mano derecha, a fin de que la parturienta se aferrase a ella en busca de alivio y consuelo.

En realidad, pensó Chance, no había nada de extraordinario en el comportamiento de Kotiwala. Era un médico competente, sin duda alguna, y sus pacientes parecían quererle mucho. Pero ya estaba bastante viejo y actuaba con lentitud, pudiendo apreciarse que estaba cansado cuando, con toda cautela, realizaba las últimas manipulaciones en aquel parto difícil que estaba atendiendo.

De todos modos, resultaba admirable poder apreciar un toque de humanidad semejante en una fábrica de recién nacidos como era aquélla. Al poco tiempo de llegar, Chance había preguntado a la comadrona cuánto tiempo permanecía allí una paciente, por término medio. Ella le contestó, sonriendo:

-Veinticuatro horas en los casos sencillos, y unas treinta y seis cuando se presentan complicaciones.

Al observar al doctor Kotiwala, se recibía la impresión de que el tiempo no tuviera importancia alguna para él.

Desde el punto de vista de un norteamericano, aquello no bastaba para cobrar fama de santidad, pero, dentro de la mentalidad india, las cosas adquirían un cariz diferente. La comadrona dijo a Chance que había llegado en un momento de apremio, nueve meses después de una importante fiesta religiosa que la gente consideraba como especialmente favorable para incrementar su familia. A pesar de la advertencia, Chance quedó asombrado. La maternidad estaba realmente atestada.

A pesar de todo, pudo ser aún peor. Apenas pudo dominar el joven médico un estremecimiento. Lo peor del problema se había resuelto, pero aún había unas 180.000 nuevas bocas que alimentar diariamente. En la cúspide del incremento de la población hubo casi un cuarto de millón de nacimientos por día. Luego, cuando los beneficios de la medicina moderna se dejaron sentir, hasta en la India, en China y en África, comenzó a reconocerse la necesidad de establecer planes para que los niños pudieran ser alimentados, educados y vestidos. Con ello disminuyó un poco la crisis.

No obstante, aún tendrían que transcurrir bastantes años antes de que las criaturas de aquel período álgido se convirtieran en maestros, obreros o médicos que pudiesen enfrentarse con aquella apremiante situación. Al pensar en esto, recordó algo que había atraído su atención recientemente, y el joven médico habló en voz alta, sin darse cuenta:

-Gentes como él, sobre todo en esta profesión, son las que debieran elegir.

-Perdón; ¿cómo ha dicho? -inquirió la comadrona, con ostensible formulismo británico, una de las visibles huellas que éstos dejaron en las gentes educadas del país.

-No, nada -contestó Chance: -Sin embargo, creo haberle oído decir que alguien debía elegir al doctor Kotiwala para algo.

Disgustado consigo mismo, pero consciente del problema que se le presentaba al mundo a corto plazo, e incapaz de contenerse por más tiempo, Chance dijo al fin:

-Ha dicho usted que éste era el último día del doctor Kotiwala, ¿no es cierto?

-Así es, mañana se retira.

-¿Han pensado en alguien para reemplazarle?

La comadrona negó vigorosamente con la cabeza, al tiempo que contestaba:

-No, claro que no. En lo material, sí; otro médico deberá ocupar su puesto; pero los hombres como el doctor Kotiwala andan escasos en cualquier generación, y más aún en la época actual. Nos apenas mucho perderle.


-¿Ha sobrepasado ya... algún límite arbitrario de retiro?

La comadrona sonrió ligeramente y repuso: -Nada de eso, al menos en la India. No podemos permitirnos los lujos de ustedes, los americanos, entre los que se cuentan desechar el material (sea humano o de otro tipo) antes de que esté realmente gastado,

Con la mirada fija en el anciano médico, que ya había logrado enderezar a la criatura dentro del útero materno y se disponía a atender a la mujer de la cama siguiente, Chance dijo:

-Entonces, se retira voluntariamente, ¿no es cierto? -Así es.

-¿y por qué lo hace? ¿Ha perdido interés por la labor que desempeña?

-¡De ningún modo! -contestó la comadrona, como ofendida-. De todas formas, no sabría decir cuál es el motivo. Ya tiene mucha edad, y tal vez teme que un día, a no tardar, muera algún niño a causa de su incapacidad. Eso le haría retroceder muchos pasos en su camino hacia la «iluminación».

También pareció «iluminarse» algo en la mente de Chance. Creyendo comprender lo que decía la mujer, manifestó:

-En tal caso, realmente merece...

Pero se interrumpió al recordar que no debía pensar ni hablar acerca de ese tema.

-¿Cómo? -inquirió la comadrona, y al ver que Chance movía negativamente la cabeza, agregó-: Mire, cuando el doctor Kotiwala era joven, estaba muy influido por las enseñanzas de los jains, para los que la pérdida de una sola vida es un hecho repugnante. Cuando su amor a la vida le hizo estudiar como médico, tuvo que aceptar que algunas muertes, las de las bacterias, por ejemplo, resultaban inevitables para asegurar la supervivencia humana. Sus modales afectuosos tienen una raíz religiosa. Sería demasiado para él si, a causa de su arrogancia, siguiera trabajando y ello costase la vida de un inocente.

-No creo que ahora sea jain -declaró Chance, sin que se le ocurriese otro comentario.

Para sus adentros se dijo que, de acuerdo con lo que decía la comadrona, en Norteamérica había una serie de carcamales que habrían hecho un gran bien obrando con la humildad de Kotiwala, en lugar de aferrarse a sus puestos hasta que llegaban a la senilidad.

-Es hindú, como la mayor parte de nuestro pueblo -explicó la mujer-. Aunque me ha contado que antaño sufrió la fuerte influencia de las enseñanzas budistas, las que, por cierto, comenzaron como una herejía hindú. De todas formas, me temo que no he comprendido a qué se refería usted hace un momento.

Chance pensó en las gigantescas fábricas propiedad de Du Pont, Bayer, Glaxo y sabe Dios cuántos más, trabajando noche y día con más gasto de energía que un millón de madres dando a luz seres corrientes, y se dijo que los hechos iban a ser del dominio público lo bastante pronto como para que no tuviera que correr el riesgo de alzar la cortina del secreto. Era mejor seguir callado. Al fin manifestó:

-Bien, lo que quise decir es que si yo tuviese alguna influencia, las gentes como él gozarían de preferencia cuando llegue...; bueno, la clase de tratamiento médico más avanzado. Conservar a alguien como él, que es querido y admirado, me parece mucho mejor que "hacer lo mismo con alguien al que se teme.

Hubo un momento de silencio. -Creo comprenderle -dijo la comadrona-. Entonces, la píldora contra la muerte es un éxito, ¿verdad?

Chance se estremeció, y ella le sonrió de nuevo con gesto intencionado.

-Resulta difícil estar al corriente de las novedades médicas cuando se trabaja con tanto agobio -afirmó- pero también aquí llegan algunos rumores. Ustedes, en sus ricos países, como Estados Unidos y Rusia, han estado tratando de hallar, durante muchos años, un fármaco de amplia esfera de acción contra el envejecimiento y, conociendo de oídas su país, supongo que se habrán producido largas y enconadas discusiones sobre quién debe ser la primera persona en beneficiarse del nuevo hallazgo.

Chance se rindió incondicionalmente y asintió con aire contrito.

-En efecto -dijo al fin-, hay una droga contra la senilidad. Aún no es perfecta; pero son tan grandes las presiones sobre las compañías de productos farmacéuticos para que lleven a cabo la producción comercial, que poco antes de dejar la sede de la Organización Mundial de la Salud, para venir aquí, me enteré de que se estaban adjudicando ya los contratos. El tratamiento costará quinientos o seiscientos dólares y servirá para ocho o diez años. No necesito decir lo que eso va a significar. Por mi parte, si pudiera hacer mi voluntad, elegiría a alguien como el doctor Kotiwala para que disfrutase del nuevo adelanto, en lugar de todos esos carcamales llenos de poder y riqueza que van a proyectar sobre el futuro sus anticuadas ideas, gracias a este nuevo adelanto de la ciencia.

El joven médico se detuvo en seco, alarmado por su propia vehemencia, y deseando en su fuero interno que ninguno de los curiosos que les rodeaban supiera hablar inglés.

-Esa actitud dice mucho en favor suyo -admitió la comadrona-. Pero, en cierto sentido, es inexacto decir que el doctor Kotiwala va a retirarse. Más bien podríamos decir que cambia de carrera. Por otra parte, si le ofreciese usted un tratamiento antisenil, creo que el doctor sonreiría y lo rechazaría.

-¿Cómo es posible...? -Resulta difícil explicarlo en su idioma -declaró la comadrona, frunciendo el ceño-. ¿Sabe usted lo que es un sunnyasi, quizá?

-Uno de esos santones que he visto en este país, ataviados sólo con un taparrabos y que piden limosna con una escudilla -contestó Chance.

-También usan un cayado. -Entonces, son una especie de faquires, ¿verdad? -Nada de eso. El sunnyasi es un hombre en la etapa final de su vida de trabajo. Pudo haber sido cualquier cosa: comerciante, funcionario, abogado o incluso médico.


-Eso quiere decir que el doctor Kotiwala va a echar por la borda toda su ciencia médica, todos los servicios que aún puede prestar a sus semejantes, desdeñando incluso la salvación de numerosas criaturas, para irse a mendigar con una escudilla en beneficio de su propia salvación, ¿no es cierto?

-Por eso le llamamos nuestro santo patrón -aseguró la mujer, sonriendo con afecto en dirección al doctor Kotiwala-. Cuando se marche de aquí y logre adquirir la virtud, será siempre un amigo para los que quedamos atrás.

Chance no daba crédito a sus oídos. Un momento antes la comadrona había dicho que la India no podía permitirse dejar de lado a las gentes que aún eran capaces de rendir algo, y ahora parecía aprobar un propósito que a él se le antojaba una mezcla, a partes iguales, de egoísmo y superstición.

-¿Va usted a decirme que él cree en esa necedad de acumular virtudes para una existencia futura?

La comadrona le miró con frialdad. -Me parece que eso es una descortesía por su parte -dijo-. Las enseñanzas del hinduismo nos dicen que el alma vuelve a encarnarse, a través de un ciclo eterno, hasta llegar a identificarse con el Todo. ¿No se da usted cuenta de que toda una vida de trabajo entre los recién nacidos nos permite ver todo esto con mayor claridad?

-Entonces, ¿usted también lo cree? -Eso no tiene importancia. Pero sí le diré que presencio milagros cada vez que admito a una madre en este hospital. Soy testigo de cómo un acto animal, un proceso sucio, sangriento y hediondo, da lugar a la aparición de un ser racional. Yo nací, lo mismo que usted, como una criatura indefensa y llorosa, y aquí estamos ahora, hablando en términos abstractos. Tal vez sólo sea cuestión de complejidad química, no lo sé, en realidad. Lo único que puedo decirle es que me cuesta trabajo aceptar ciertos adelantos médicos.

Chance siguió mirando a través de los cristales de la sala de partos. Tenía el ceño fruncido y en cierto modo se sentía decepcionado, incluso engañado, después de tener que aceptar al doctor Kotiwala según los términos admirativos de la comadrona. Al fin murmuró:

-Creo que será mejor que nos marchemos.


La principal sensación que experimentaba el doctor Kotiwala era de cansancio. Se extendía por todo su cuerpo, hasta la médula de los huesos.

No se apreciaba ningún signo, en su comportamiento, de que estuviera actuando de forma casi mecánica.

Tal vez alguna madre de las que se confiaban a él y le confiaban sus hijos, fue capaz de notar aquel desfallecimiento. Lo cierto es que el doctor Kotiwala se hallaba increíblemente cansado.

Habían transcurrido más de sesenta años desde que terminó los estudios de Medicina. No había habido cambios apreciables en cuanto a la forma en que los seres humanos venían al mundo. Sí, los elementos accesorios habían ido sucediéndose conforme evolucionaban las tendencias de la medicina; recordaba algunos desastres inenarrables, como el de la talidomida, y la bendición de los antibióticos, que por su eficacia, precisamente, estaban atestando a países como el suyo con más bocas de las que se podían alimentar. Y ahora había trabajado con unas nuevas técnicas con las cuales nueve de cada diez recién nacidos bajo su supervisión eran bien recibidos y queridos por sus padres, en lugar de constituir una carga o verse condenados a la existencia a medias del hijo ilegítimo.

En ocasiones las cosas salían bien, y otras salían mal. A lo largo de su prolongada y eficaz vida profesional, el doctor Kotiwala había llegado a la convicción de que no podía confiar más que en ese principio.

Mañana... Su mente amenazaba con divagar, con alejarse de lo que estaba haciendo, ayudar a traer al mundo el último de esos pequeños seres, en su carrera de especialista. ¿Cuántos millares de mujeres gimieron de dolor en el lecho del parto, delante de él? No se atrevía a hacer un cálculo siquiera. ¿Y cuántos miles de nuevas vidas se iniciaron entre sus manos? Tampoco podía recordarlo. Tal vez con su ayuda vino al mundo un ladrón, un traidor, un asesino, un fratricida...

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