miércoles, 11 de marzo de 2009

Vitanulls, relato de John Brunner 2ª parte

No importaba. Mañana... (En realidad ya era hoy, puesto que terminaba su turno, y aquel niño que alzaba ahora por los pies era el último que recibiría su atención... en una gran maternidad; pues si requerían su ayuda en alguna mísera aldea, no dejaría de acudir), mañana se romperían los lazos que le ligaban al mundo. Sólo se dedicaría a la vida del espíritu, y entonces...

Se esforzó en volver a la realidad. La mujer que estaba al lado de la parturienta, su cuñada, daba la sensación de estar muy ocupada con lo que tenía que hacer: desinfectarse las manos y colocarse un pegajoso «mono» de plástico. En aquel momento le hizo la temible pregunta.

El anciano vaciló antes de contestar. En apariencia, nada parecía marchar mal, en cuanto al recién nacido. Se trataba de un niño, en buenas condiciones físicamente y que dejaba oír un lloriqueo normal al enfrentarse con el mundo. Todo salía como debía salir. y sin embargo...

Acunó a la criatura en el brazo izquierdo, mientras le alzaba diestramente un párpado y luego otro. Sesenta años de práctica habían hecho que sus manipulaciones tuvieran una gran suavidad. Observó a fondo los vacuos ojos claros, que contrastaban increíblemente con el color de la piel que los rodeaba.

Más allá de ellos había..., había... Pero, ¿qué podía decirse de una criatura como aquélla, que sólo llevaba unos instantes en el mundo? El doctor Kotiwala suspiró y entregó el niño a la cuñada de la madre, mientras el reloj de pared desgranaba los últimos segundos de su turno de guardia.

De todas formas, su mente retuvo la imagen de la criatura, a la que movido por un impulso indefinible, volvió a mirar por segunda vez. Cuando llegó el médico que le relevaba, el doctor Kotiwala concluyó su informe y dijo:

-He notado algo extraño en el niño que acaba de nacer en la cama 32. Yo estoy muy cansado, pero, si usted encuentra ocasión, tenga la bondad de examinarle. ¿Lo hará?

-Desde luego -repuso el otro médico, un joven rollizo de Benarés, de rostro oscuro y brillante, como sus manos.

El asunto seguía incomodando al doctor Kotiwala, aunque ya había encargado de ello a otro. Una vez que se hubo duchado y cambiado de ropa, dispuesto ya para marchar, aún permaneció en el pasillo para observar a su colega mientras examinaba a la criatura desde la coronilla hasta la planta de los pies. No pareció hallar nada anormal el joven médico; y volviéndose hacia donde estaba el doctor Kotiwala se encogió de hombros, como diciendo: «No hay por qué inquietarse, a mi entender».

«Sin embargo, cuando miré aquellos ojos, había algo detrás de ellos que me hizo creer...»

No, aquello era absurdo. ¿Qué podía leer un hombre en los ojos de un ser humano que acababa de nacer? ¿No era una especie de arrogancia lo que le hacía pensar que su colega había pasado algo por alto, algo de vital importancia? Verdaderamente preocupado, consideró la idea de volver a la sala de partos para echar otra mirada al recién nacido.


-¿No es su santo patrón el que está ahí? -susurró Chance, en tono sarcástico, dirigiéndose a la comadrona.

-Sí, en efecto. ¡Qué suerte! Ahora puede usted conocerle personalmente..., si lo desea.

-Me lo ha descrito usted de tal forma que consideraría una verdadera pena no conocerle antes de que se quite el traje y se convierta en un humilde nativo.

La comadrona hizo caso omiso de la ironía. Se acercó al médico lanzando breves exclamaciones, pero se interrumpió al advertir la expresión sombría de Kotiwala.

.¿Qué ocurre, doctor? ¿Algo malo?

-No estoy seguro -repuso el anciano en buen inglés, aunque con aquel fuerte acento cantarín que los británicos, antes de marcharse, habían bautizado como «el galés de Bombay-. Se trata del recién nacido de la cama 32, un varón. Estoy seguro de que algo no anda bien, pero no acabo de descubrirlo.

-En tal caso, habrá que cuidarle -aseguró la comadrona, que evidentemente tenía gran fe en las opiniones de Kotiwala.

-El doctor Banerji ya le ha examinado, y no está de acuerdo conmigo -repuso el anciano.

Era indudable que, para la comadrona, Kotiwala era Kotiwala y Banerji no era nadie. Su expresión así lo confirmaba, más que cualquier frase. Chance se dijo que allí tenía la ocasión de comprobar si la confianza de la comadrona estaba realmente justificada.

-En vez de distraer al doctor Banerji, que parece estar muy ocupado -sugirió Chance-, ¿por qué no traer aquí al niño, para echarle una ojeada?

-Le presento al doctor Chance, de la OMS -dijo la comadrona, y Kotiwala estrechó la mano del aludido con aire ausente.

-Sí, creo que es una buena idea -replicó-. Más vale contar con una segunda opinión.


Chance se dijo que sus estudios relativamente recientes le permitirían aplicar algunos procedimientos que Kotiwala no estaba acostumbrado a usar. Pero ocurrió al revés: lentamente fue palpando el anciano el cuerpo y los miembros de la criatura, de un modo tan experto que Chance no pudo por menos que admirarle. Aquello tenía grandes ventajas, siempre que se conociera la localización normal de cada hueso y de los músculos principales, en la armazón infantil. De todas formas, el reconocimiento tampoco reveló nada en esta ocasión.

El corazón parecía normal, igual que la presión sanguínea; el aspecto externo era saludable, los reflejos resultaban vigorosos, las fontanelas del cráneo algo anchas, aunque dentro del límite de variación normal...

Después de tres cuartos de hora, Chance se convenció de que el anciano hacía aquello para impresionarle. Notó que Kotiwala alzaba los párpados del niño una y otra vez y le miraba los ojos como si pudiera leer en el cerebro que había detrás. La repetición del acto comenzaba a irritarle, y cuando volvió a hacerlo no pudo dominarse y le preguntó:

-Dígame, doctor, ¿qué ve usted en esos ojos? -¿y usted, quiere decirme si ve algo? -repuso Kotiwala, e indicó a Chance que podía observar, si lo deseaba.

-No encuentro nada extraño -murmuró Chance un momento después.

-Eso mismo he advertido yo. Nada. «¡Por todos los santos!», se dijo Chance para sus adentros, y se dirigió hacia un rincón de la estancia mientras se quitaba los guantes de goma, para echarlos luego en el cubo de prendas para esterilizar.

-Francamente -declaró por encima del hombro, poco después-, yo no veo nada anormal en esa criatura. ¿Qué cree usted? ¿Que el alma de un gusano ha entrado en ese cuerpo por error, o algo parecido?

Kotiwala no podía haber pasado por alto el evidente sarcasmo de aquellas palabras, a pesar de lo cual su respuesta fue tranquila y cortés.

-No, doctor Chance -dijo-, eso me parece poco probable. Después de muchas horas de contemplación, he llegado al convencimiento de que las ideas tradicionales son inexactas. La condición del hombre es algo meramente humano, y abarca tanto al idiota como al genio, sin comprender otras especies. De todos modos, ¿quién podría asegurar que el alma de un chimpancé o de un perro es inferior a la que se trasluce en la mirada de un perfecto imbécil?

-Ciertamente, yo no lo aseguraría -repuso Chance, sin dejar de ironizar, y mientras se quitaba la bata, Kotiwala se encogió de hombros, suspiró y quedóse en silencio.


Más tarde... El sunnyasi Ananda Bhagat no vestía más que un taparrabos, y sus pertenecias en este mundo consistían tan sólo en una escudilla y el cayado que empuñaba. A su alrededor, la gente del poblado tiritaba en sus atuendos rústicos y baratos -ya que hacía frío en la zona de las c9linas, en aquel mes de diciembre-, y pasaban todo el tiempo que podían acurrucados ante las pequeñas hogueras. Quemaban ramitas, raramente carbón, y también excrementos de vaca secos. Los ingenieros agrónomos extranjeros les habían aconsejado que usaran los excrementos como abono, pero el calor del fuego estaba más cerca de su presente que el misterio del aprovechamiento del nitrógeno por la tierra en las cosechas del año siguiente.

Ahora, ignorando el frío, sin hacer caso del denso humo de la hoguera que subía hacia el techo y llenaba la sombría choza, Ananda Bhagat habló con tranquilizador acento a la temerosa muchacha de diecisiete años a cuyo pecho se aferraba el niño. Había mirado los ojos de éste, y de nuevo volvió a escudriñarlos... ¡Nada!

No era la primera vez que había visto eso en aquel pueblo, ni era tampoco el primer pueblo donde ocurría. Aceptó el hecho como una circunstancia de la vida. Al renunciar a seguir llevando su apellido, Kotiwala había dejado de lado los prejuicios de aquel doctor en medicina por el Trinity College, de Dublín, que preconizaba la aplicación de los criterios científicos más estrictos en las salas asépticas de un gran hospital urbano. Al cabo de ochenta y cinco años de vida, intuyó que sobre él pesaba una mayor responsabilidad, y se dispuso a asumirla.

Mientras observaba inquisitivamente el rostro inexpresivo del pequeño creyó percibir un ruido sordo. La joven madre también lo oyó, y se encogió visiblemente, pues era intenso y se hacía cada vez más fuerte. Tanto se había desvinculado Ananda Bhagat de su antiguo mundo, que tuvo que hacer un esfuerzo para poder identificarlo. Era un fuerte zumbido en el cielo. Un helicóptero, algo insólito en aquel lugar. ¿Para qué venía un helicóptero a un pueblecito determinado de entre los setenta mil que había en la India?

La joven madre gimió, y el sunnyasi dijo: -Tranquilízate, hija mía. Iré afuera a ver lo que ocurre.

Antes de dejar caer la mano de la muchacha, le dio una palmadita tranquilizadora y cruzó la deteriorada puerta, saliendo a la calle que barría un viento helado. Aquel pueblo sólo tenía una calle. Haciéndose sombra con la enjuta mano, el sunnyasi miró hacia arriba, al cielo.


En efecto, era un helicóptero que volaba en círculos, reluciendo bajo los tenues rayos del sol invernal. El aparato estaba descendiendo. Dentro de poco tiempo, ya se habría posado en el suelo.

Ananda Bhagat esperó. Un momento después la gente salió de sus chozas haciendo comentarios, preguntándose sin duda por qué la atención del mundo exterior se había centrado en ellos, bajo la forma de aquel estruendoso vehículo. Al advertir que su portentoso visitante, el santón, el sunnyasi -Ios que eran como él escaseaban en aquellos días y había que venerarlos-, se mantenía impávido, sacaron coraje de su ejemplo y permanecieron firmes en sus lugares.

El helicóptero aterrizó en medio de un remolino de polvo, algo más allá del accidentado sendero que llamaban «calle», y del interior del aparato saltó un hombre. Era un extranjero alto, de pelo rubio y tez clara, que contempló la escena calmosamente, y que al advertir la presencia del sunnyasi dejó escapar una exclamación. Tras decir algo a sus acompañantes, cruzó la calle a grandes zancadas. Otras dos personas salieron del helicóptero y se colocaron junto al aparato, hablando en voz baja: una muchacha de unos veinte años, ataviada con un sari verde y azul, y un joven de amplio «mono», el piloto.

Apretando la criatura contra su cuerpo, la joven madre también había salido a ver lo que ocurría, mientras su primer hijo, que apenas había dejado los pañales, la seguía con pasos inseguros, tendiendo una mano para aferrarse al sari de su madre en caso de que perdiera el equilibrio.

-¡Doctor Kotiwala! -exclamó el joven que había descendido del helicóptero.

-Ese era yo -contestó el santón, con voz ronca. El idioma inglés había huido de su mente, como una sierpe abandona su antigua piel.

-¡Por todos los cielos! -manifestó el joven ásperamente-; ya hemos tenido bastante trabajo con localizarle, para que además nos reciba con juegos de palabras cuando al fin le encontramos. Nos hemos detenido en treinta poblados, haciendo indagaciones, y siempre nos decían que usted había estado allí poco antes...

El joven extranjero se secó el rostro con el dorso de la mano y añadió:

-Me llamo Barry Chance, por si lo ha olvidado. Nos conocimos en la maternidad de...

-Le recuerdo muy bien -interrumpió el sunnyasi-. Pero, ¿quién soy yo para que gaste usted tanto tiempo y energías en la búsqueda de mi persona?

-Sólo puedo decirle que es usted el primer hombre que ha reconocido a un vitanul.

Siguió un momento de silencio. En ese lapso, Chance pudo apreciar cómo la personalidad del santón se desvanecía, para ser sustituida por la del doctor Kotiwala. El cambio se reflejó sobre todo en la voz, que en las palabras siguientes volvió a adquirir aquel «acento galés de Bombay».

-Mi latín es rudimentario, pues sólo aprendí lo necesario para la medicina, pero deduzco que la palabra proviene de vira, vida, y nullus, nada... Se refiere usted a alguien como esta criatura, ¿verdad?

Kotíwala hizo un gesto a la joven madre, para que avanzase un paso, y colocó suavemente una mano sobre la espalda del pequeño.

Chance echó una mirada, se encogió de hombros y luego declaró:

-Si usted lo dice... Esta niña sólo tiene dos meses, ¿no es cierto? Entonces, sin reconocimiento alguno...

Dejó en suspenso la frase con entonación de duda, pero en seguida continuó, diciendo apasionadamente:

-¡Sí, sin examen alguno! ¡Ahí está el quid! ¿Sabe usted qué pasó con el niño del que usted dijo que tenía algo raro, la última vez que asistió a un parto, antes de..., de retirarse?

Había un fiero acento en la voz de Chance, pero no iba dirigido contra el anciano, sino que era sencillamente un signo exterior con el cual manifestaba que se hallaba en el límite de su resistencia.

-He visto muchos como aquél, desde entonces -aseguró Kotiwala-. Puedo imaginar lo que sucedió, pero prefiero que me lo diga usted.

Decididamente, no era ya el sunnyasi quien hablaba, sino el médico competente con toda una vida de práctica a sus espaldas. Chance le observó con un gesto que no estaba exento de temor.

Los curiosos lugareños congregados en torno a los dos hombres reconocieron aquella expresión y dedujeron -aunque ninguno de ellos podía seguir la rápida conversación en inglés que el extranjero que había llegado por el aire se sentía bajo el influjo de la personalidad de su «hombre santo». Ello les hizo sentirse mucho más tranquilos.

-Bien, el caso es que su amiga, la comadrona -dijo Chance-, siguió insistiendo en que, si usted había dicho que el chiquillo tenía algo extraño, así debía ser, aunque ni yo ni el doctor Banerji hubiéramos observado en él nada anormal. Continuó con el asunto, hasta que llegó a obstaculizar mi trabajo ya demorar mi marcha, De modo que antes de perder la paciencia hice trasladar el niño a Nueva Delhi, para que le hicieran en la OMS la serie de análisis más completos que pueden llevarse a cabo. ¿Y sabe usted lo que observaron?

Kotiwala se acarició la frente con gesto de cansancio y repuso:

-¿La supresión de los ritmos alfa y theta, tal vez? -¡Usted ya lo sabía!

El evidente tono de acusación que se advertía en la voz de Chance fue percibido por los nativos, algunos de los cuales avanzaron con aire amenazador y se situaron junto al sunnyasi, como para protegerle.

Kotiwala les hizo un gesto, indicándoles que no había nada que temer. Luego dijo:

-No, no lo sabía. Lo supuse cuando me preguntó usted lo que habían observado.

-Entonces, ¿cómo es posible...? -¿Que adivinase yo que aquella criatura no era normal? No puedo explicarle eso, doctor Chance. Se necesitarían sesenta años de trabajar en una maternidad, viendo decenas de niños nacer día tras día, para que pudiera usted comprender lo que yo vi en ese momento.

Chance reprimió el exabrupto que pugnaba por escapar de entre sus labios, y dejó caer los hombros con desaliento.

-Tendré que reconocer eso -contestó-. Pero el hecho subsiste: usted advirtió, al cabo de unos minutos de su nacimiento, e incluso aunque el niño parecía sano y el reconocimiento practicado no reveló ninguna deficiencia orgánica, que su cerebro estaba..., estaba vacío, ¡que no había mente alguna en aquel cuerpo! ¡Cielos, el trabajo que tuve para convencer a los de la OMS que usted lo había adivinado; las semanas de discusiones, antes de que me dejasen volver a la India, para buscarle!

-Sus pruebas... -murmuró Kotiwala, como sin dar importancia a aquella última frase-. ¿Han realizado muchas?

Chance alzó los brazos al cielo e inquirió: -Dígame, doctor, ¿dónde demonios ha estado en estos dos últimos años?

-Recorriendo descalzo los más humildes poblados -contestó al fin Kotiwala-. No he recibido noticias del mundo exterior. Este mundo es muy reducido.

Y al decir esto señaló con la mano la rústica calleja, las chozas míseras, los campos labrados, las montañas que lo circundaban todo.

El joven médico aspiró profundamente y agregó: -De modo que usted no sabe nada, y no parece importarle. Bien, permítame que le informe. Pocas semanas después de haberle conocido se propagaron algunas noticias que me hicieron recordar mi encuentro con usted en la India. Eran ciertos informes acerca de UD repentino y aterrador incremento de la imbecilidad congénita. Normalmente el recién nacido comienza a reaccionar a muy poca edad. Los más precoces sonríen tempranamente, y cualquiera de ellos es capaz de notar un movimiento, percibir los colores vivos y alargar el brazo para coger algo...

-Todos, menos los que usted ha llamado vitanuls, ¿no es cierto?

-Así es -contestó Chance, y cerró los puños con ademán de impotencia-. ¡Esas criaturas no dan muestras de tener vida! ¡No presentan ninguna reacción normal! Hay una ausencia de ondas cerebrales normales cuando se les hace un electroencefalograma, como si todo lo que caracteriza al ser humano hubiera..., ¡hubiera huido de ellos!

Señaló luego con el índice el pecho del anciano y agregó con voz alterada:

-¡Y usted lo advirtió desde el primer momento! ¡Dígame cómo pudo ocurrir eso!

-Espere un momento -dijo Kotiwala, a quien el peso de los años no restaba dignidad-. De ese aumento de la imbecilidad, ¿se enteró usted en cuanto yo me retiré de mis tareas en la maternidad?

-No, claro que no. -¿Por qué «claro que no»? -Pues porque estábamos demasiado ocupados para prestar atención a ciertas cosas. Un pequeño triunfo de la medicina llenaba los titulares de los periódicos y daba a la OMS no pocos quebraderos de cabeza. El tratamiento antisenil se hizo público pocos días después de conocernos usted y yo, y todo el mundo comenzó a pedir esa panacea.

-Comprendo -dijo Kotiwala; y su figura se encorvó con desaliento.

-¿Qué es lo que comprende usted? -inquirió Chance.

-Perdone mi interrupción. Prosiga, por favor. Chance sintió un escalofrío, como si de pronto recordase la gélida temperatura de diciembre.

-Hicimos todo lo posible -continuó diciendo-, y aplazamos el anuncio de ese tratamiento hasta que hubo existencias suficientes como para aplicárselo a varios millones de solicitantes. La medida resultó desafortunada, ya que todos aquellos a quienes un familiar se les murió poco antes comenzaron a acusarnos de haberles dejado morir por negligencia. Comprenderá usted que en tal situación todo lo que hacíamos parecía desacertado.

Y, por si fuera poco, se recibió una noticia escalofriante: los casos de imbecilidad congénita aumentaban a un diez, y luego a un veinte y hasta un treinta por ciento de los nacimientos! ¿Qué estaba sucediendo? Los rumores se hacen cada vez más amenazadores, ya que justamente cuando comenzábamos a felicitarnos por el eficaz resultado de la vacuna antisenil se inicia el fenómeno más estremecedor de la historia de la Medicina, y, además, la situación va empeorando sin cesar... En las dos últimas semanas la proporción de deficientes mentales totales ha alcanzado un ochenta por ciento. ¿Comprende lo que esto significa, o está tan absorto en sus místicas contemplaciones que eso no le preocupa en absoluto? Debe usted darse cuenta de que, de cada diez niños que han nacido esta última semana, no importa en qué país o continente, ¡ocho de ellos son animales sin mente!

-¿Y, a su juicio, el que examinamos juntos fue el primero de ellos? -inquirió el anciano.

Kotiwala hizo caso omiso de la dureza que se transparentaba en las palabras del joven médico; tenía la vista ausente, clavada en la azul lejanía, sobre las montañas.

-Eso hemos podido deducir -dijo Chance, haciendo un ademán significativo con la mano-. Cuando fuimos investigando retrospectivamente, comprobamos que las primeras criaturas con esas características hablan nacido el mismo día en que estuvimos usted y yo en la maternidad y que el primero de todos ellos nació una hora después, aproximadamente, de conocerle a usted yo.

-¿Qué ocurrió entonces?

-Lo que podía esperarse. Todos los recursos de la ONU se pusieron en juego; estudiamos los antecedentes del asunto en todo el mundo, hasta nueve meses antes de aquel día, cuando las criaturas debieron haber sido concebidas...; pero no sacamos nada en limpio. Lo único cierto es que todos esos pequeños están vacíos, mentalmente huecos... Si no estuviéramos en un callejón sin salida, nunca se me habría ocurrido cometer la tontería de venir a verle, ya que, después de todo, imagino que en nada podrá usted ayudarnos, ¿no es cierto?

El apasionado ardor de que daba muestras Chance desde que llegó pareció haberse consumido de pronto, dando la impresión de habérsele agotado las palabras. Kotiwala permaneció reflexionando durante un par de minutos, mientras los lugareños, cada vez más inquietos, murmuraban entre ellos. Al fin, el anciano rompió su mutismo, preguntando:

-Esa droga antisenil, ¿ha tenido éxito? -Si, afortunadamente. De no haber tenido ese consuelo en medio de semejante desastre creo que nos habríamos vuelto locos. Con ello ha disminuido increíblemente el índice de mortalidad; como todo ha sido debidamente planeado, estamos en condiciones de alimentar a todos aquellos seres humanos que van agregándose, y...

-Bien -le interrumpió Kotiwala-; creo que puedo decirle lo que ocurrió el día en que nos conocimos.

Chance le miró asombrado. -¡Entonces dígalo, por Dios! -exclamó-. Es usted mi última esperanza. ¡Nuestra última esperanza!

-No puedo ofrecer esperanza alguna, hijo mío -repuso el anciano, y sus suaves palabras resonaron como el tañido de una campana que toca a muerto-. Pero podría sacar una deducción. Creo haber leído que, según los cálculos, en este siglo XXI hay tantos seres humanos vivos como los que han muerto desde que el hombre evolucionó y pudo ser considerado como tal. ¿No es así?

-Así es, en efecto. Yo también leí esa obra hace ya algún tiempo.


-Entonces puedo afirmar que lo ocurrido el día en que nos conocimos fue esto: el número de todos los seres humanos que habían existido hasta entonces fue superado por el de los vivos, por vez primera.

El joven movió la cabeza, atónito; luego murmuró: -Creo..., creo que no le entiendo... ¿O acaso si..., acaso le comprendo perfectamente?

-Y, al mismo tiempo o poco después -siguió diciendo Kotiwala-, ustedes descubren y aplican en todo el mundo una droga que combate la vejez. Doctor Chance, usted no querrá aceptar esto, pues recuerdo que me gastó aquel día una broma acerca de un gusano; pero yo sí lo acepto. Afirmo que usted me ha hecho comprender lo que vi al mirar a los ojos de aquel recién nacido, cuando hice lo mismo con esta pequeña.

Así diciendo, apoyó dulcemente la mano sobre el cuerpecillo que sostenía la joven madre, a su lado; quien le dirigió una tímida y breve sonrisa.

-No se trata de la ausencia de mente, como usted ha dicho -añadió Kotiwala-, sino de una falta de alma.

Durante unos segundos Chance creyó oír una risa demoníaca en el susurro del viento invernal. Con un violento esfuerzo trató de librarse de aquella idea.

-¡No, eso es absurdo! -exclamó-. ¡No puede usted decirme que hay escasez de almas humanas, como humanas, como si estuvieran almacenadas en algún depósito cósmico y las entregasen por encima de un mostrador cada vez que nace un niño! ¡Vamos, doctor, usted es una persona culta!

-Como usted bien dice -repuso cortésmente Kotiwala-, eso es algo que yo no me aventuraría a discutirle. Pero de todos modos debo estarle agradecido por haberme indicado lo que debo hacer.

-¡Magnífico! -exclamó Chance-. Heme aquí cruzando medio mundo, en la esperanza de que usted me diga cómo debo actuar, y en lugar de ello afirma usted que yo le he indicado... Pero ¿qué va a hacer usted?

Un brillo de esperanza asomaba ahora a los ojos de Chance, al fin.

-Debo morir -manifestó el sunnyasi. Y, recogiendo su cayado y su escudilla, sin decir una sola palabra a los demás, ni siquiera a la joven madre a la que había consolado poco antes, se alejó con el lento paso de los ancianos por el camino que conducía a las altas montañas azules ya los hielos eternos con cuyo auxilio iba a liberar su alma.

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